Y los malos han ganado la guerra.

Cuando la vi llegar apoyé la cara en los barrotes y compuse la mejor mueca lastimera.
Ella no me saludó. Rozó los hierros, puso sus ojos en blanco.
—Esto lo abro yo con la punta del pie y los dedos atados. Yo puse los ojos en blanco ahora. —¿Cómo te han cogido esta vez, hijo de mi vida? ¿Te detuviste para no aplastar a una hormiga?
—Soltaron al chico. Me dejaron acercarme. —dije lentamente.
—¿Cuánto?
—No tanto para salvarle.
Ella volvió a gruñir. Luego siguió peleándose con la ganzúa. Se apartó los rizos de la cara con un manotazo. 
—Se lo debíamos. Fue nuestra culpa. Se lo debíamos.
—A todos les debemos algo. Si queremos seguir vivos para salvar a alguien, alguien tiene que caer.
No dije que no podía haber dejado que le hicieran daño. Como ella no podía dejar de rezongar.
—Sé que los tuyos son tan intrínsecamente buenos que me dan las mismas arcadas que tú... me miró de refilón, un segundo, se cruzó con mis ojos tan diferentes de los suyos y bajó la vista. —Pero esto es una guerra. De nosotros contra vosotros. Aquí la gente no solo no es buena, aquí la gente se aprovecha de la que es buena. Toda la gente.

—Tú me estás volviendo a rescatar.

Ella me rescataba cada vez que usaban algo bueno en mi contra. Yo me recuperaba de los golpes y volvía a caer. Me rescataría siempre.
Ella debería haber sonreído. Pero no esa vez.

—Te estás acostumbrando y habrá un día en que te den un golpe tan fuerte que te quedes en el sitio, y yo no pueda volver a salvarte. Además, tú eres el ángel. Tú deberías ayudarnos. Los tuyos deberían ayudarnos.

—Ya no hay ninguno mío, Ana.dije desconcertado.
Ella dio una patada a la puerta.
Los hierros se abrieron como si nunca hubiera estado echada la llave.
Ana ignoraba que estaba a solas conmigo, la criatura que atrapaban dos veces al mes porque evitaba pisar una hormiga por el camino. Solo ella y yo contra todos los suyos. Solo eso para salvarnos.
—¿Pero es que los buenos han dejado de escribir y los malos les han ganado la guerra?
Ella había dejado de hacerse la dura porque había roto a llorar.
—Ya no hay buenos, recuérdalo. Han caído. Como tormentas. Rasgando el cielo. miré hacia el techo de la celda, pensativo. Pero te agradezco la fe de todas maneras.

Comentarios

Lisboa. ha dicho que…
Es la primera vez que me paso por aquí y la verdad es que me ha encantado. Tienes ese toque especial a la hora de escribir y me quedo. Por supuesto que me quedo a leerte más y más.
Miss Carrousel ha dicho que…
¿Y qué ha sucedido con los buenos? ¿Había alguien ahí abajo esperando recogerles tras su caída?
Me ha encantado muchísimo. Todos tenemos un ángel dentro. Supongo.
Un besito.