algůn dia me condenaran
y me gustaran las vistas




"A la llegada de Hércules al Olimpo,
Atlas
sintió redoblar el peso sobre sus espaldas."


Μεταμορφώσεις.




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sábado, 25 de abril de 2015

Bagatelas del rey Midas.

—De un rey Midas cualquiera, además.
Tenía un Panda aparcado delante de mi puerta y los ojos aparcados en los míos porque tenía miedo de bajarlos y no ser capaz de rescatarse del abismo en el que pudiera caer. Por eso me dejaba, había ido a decirme. Caer estaba bien, creía. No lo tenía claro. Pero caer todos los días en la misma tentación era como tropezar quince veces con la misma piedra. Día a día. Gastándose todas sus esquinas en cada caída, desgastándose hasta volverse algo sin detalles ni nada significativo. Parece que es duro conmigo, pero es cierto también. Con cada tropiezo suyo yo me hacía más fuerte para poder defendernos. Y eso estaba bien. Si caemos los dos, al menos que alguno sepa nadar, ¿no?
Pero nunca le enseñes a cuestionarse los cimientos. ¿Y por qué tengo que caer?
Y yo me quedaba sola. El día que me dejó llevaba un vestido de flores rosas y la radio estaba puesta detrás, la misma emisora que todavía se oía desde el Panda, sonaba algo que recordaba vagamente haber bailado juntos, pero habíamos bailado tanto. Eso había estado bien. Su ritmo y mi arritmia habían bailado tanto.
Seguía con los ojos aparcados en mis pupilas dilatadas de susto de verle allí decidido de repente. Podría decirme que era una bruja, una manipuladora, una loca enamorada, una equivocada de la vida y una vez más estaría en lo cierto. Bagatela, bagatela del rey Midas. Era especial hasta cuando se iba. Y acertaba hasta cuando toda la historia se trataba de un error. Bagatela del rey Midas, valiosa para muchos, pero ah, pequeña, ¿qué haces cuando hay alguien que se da cuenta de que no vales nada?
Siguió con los ojos aparcados mucho tiempo, y hasta cuando se volvió, arrancó el Panda y se marchó creo que seguía ahí aparcado como si en el fondo le diera miedo dejar a alguien que, bueno, sí, caía, pero nadaba, nadaba, desesperada.

1 comentario :

Trece dijo...

Creo que no hay que restarle importancia al hecho de nadar, de ser capaz de volver a subir al trampolín, aunque sea única y exclusivamente para volver a tirarse y no evitar los destrozos.

Hacía bastante que no te leía, me alegro de que andes por aquí. :)

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